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Cómics
Culpable
- 5 julio //
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Hace muchos años, cuando no levantaba dos palmos del suelo, acompañaba a mi abuela a misa los domingos. -¡Si no vienes a misa, irás al infierno!-decía porque era muy misera, amén de una pedagoga de la leche-¡De cabeza al infierno! Las misas en la parroquia de mi barrio eran especialmente torturantes, las lecturas las más ominosas que recuerdo y el cura parecía un insistente recaudador de impuestos recordando a las viejas que la iglesia no se mantenía sola. Estaba claro que sola no se mantenía, no. Cuando levanté tres palmos del suelo y mi abuela menguó un par de ellos, la dejaba sentadica en un banco y me quedaba fuera haciendo lo que fuese menester. -¡Irás al infierno!-gruñía ella agitando el puño-¡Cómo dejas sola a tu abuela, tan mayor! ¡Los jóvenes vivís como en la selva! Y yo me sentía culpable, pero poco. Al fin y al cabo mi abuela estaba allí porque quería y yo, sin embargo, iba obligada.
Además, dejar sola durante un rato a la abuela de uno en la iglesia no es comparable a tirar un televisor desde un cuarto piso y que mate a un viandante. Digo yo. Esto es lo que sucede en Culpable, de Esteban Hernández, un cómic que, por su sencillez, me encanta y releo con frecuencia. Hernández mezcla acertadamente comedia, drama, costumbrismo, fatales casualidades y la más hilarante absurdidad. El protagonista, un simpático tarado, se siente tan culpable por haber matado a un transeúnte a golpe de televisor que decide ingresar en prisión por su cuenta. Allí se topará un carcelero de curiosas costumbres y escaso sentimiento de culpa, con el que se verá conectado de una forma que ninguno hubiera imaginado. Esteban Hernández, con su particular y atractivo estilo, narra las atípicas vicisitudes de dos personajes tan locos o tan cuerdos como cualquiera, que se verán envueltos en las más rocambolescas situaciones para terminar decubriendo que no es lo mismo sentirse culpable que serlo.
Que no es lo mismo, que no. Porque no es lo mismo, ¿no?
¡Buen día a todos!
El qué dirán
- 22 junio //
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Leyendo algunos cómics eslaisoflaif, como los de Joe Matt o Phoebe Gloeckner, que airean toda clase de intimidades, complejos, filias, fobias, y que no dejan familiar, novio, amante o amigo con cabeza, me pregunto si yo sería capaz de hacer algo parecido.
Me imagino en primer lugar, desheredada, con mi familia y amigos corriéndome a gorrazos; luego, dando explicaciones a aquel noviete fimótico que tuve; huyendo de ése otro que era levantador de pesas; y por último, en el paro, con una carta de defenestración en lugar de recomendación.
Admiro la facultad que tienen algunos autores de ignorar al resto de mundo y pasarse los convencionalismos y el qué dirán por el forro de los cojones. No sé si estos autores poseen una asombrosa capacidad de autocrítica, una falta absoluta de vergüenza, están hasta las pelotas de todo, o un poco de las tres cosas.
Gracias, Dioni, por este espectacular cuadro (más aquí) que colgaré en el salón y que, para mi orgullo, ya ha suscitado unos cuantos “qué dirán”. Se titula “No hay dos sin tres” y no sé que veréis vosotros, pero es… euh…, un bodegón.
¡Buen día a todos!
¿Son caros los tebeos?
- 18 mayo //
- Publicado en Cómics, Perdiendo el tiempo //
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El otro día volví a casa con una mísera bolsa de tebeos, cuarenta euros menos en el bolsillo y con la impresión de que el librero me consideraba una tacaña. -Son sólo cuarenta y tres euros con cincuenta -me dijo el librero. “Sólo” dice el tío. Por dos tebeos y medio. Me acordé de aquella charla del ciclo “Aragón, Tierra de Tebeos” en la que sólo unos pocos infelices confesamos que encontrábamos caros los tebeos.
Igual estoy en una de esas realidades alternativas de la Bruja Escarlata que me contaba ayer un experto pijamero y en realidad los tebeos son la mar de baratos excepto para algunos cegados por las chaladuras de la Bruja, que por lo que entendí tiene buenas intenciones pero falla estrepitosamente en la ejecución. Luego, el gurú pijamero me contó otras cosas, nosequé del gen mutante, que Magneto está en África, en plan Livingstone, supongo, y algo de un censo de superhéroes, pero ya no le hice mucho caso porque tenía el runrun de la Bruja en la cabeza y porque los de derecho no damos para más.
En esta realidad alternativa, vender mil ejemplares de un tebeo es un éxito, el mercado lo sustentamos cuatro gatos a veces mal avenidos y es complicado que cómics que rondan o incluso superan los veinte euros logren traspasar el reducido círculo de aficionados y llegar al gran público.
En fin, que es una mierda de realidad alternativa en la que cuarenta y tres euros son sólo cuarenta y tres euros. Con cincuenta.
¡Buen día a todos!
Las chicas gordas (II)
- 16 abril //
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Los 14 eurazos de Corazones Rollizos me han dejado un sabor agridulce. La parte gráfica ha gustado mucho, la narrativa no desmerece, pero el fondo que subyace en el cómic es insulso e inconsistente. Se trata, en definitiva, de pagar 14 euros por un cómic precioso en el que se cuentan una sarta de chorradas y absurdeces. El dibujo de Krassinsky y el color de Claire Champion, sobre todo el trabajo de ésta última, me decidieron a abandonar a los chiquillos de Paracuellos. Bueno, eso y que pretendía ir a distintos Carr*foures a ver si encontraba Todo Paracuellos a diez euros.
En mala hora. Primero porque las grandes superficies caen allá donde cristo perdió el chanclo y hacía un tiempo de mil demonios, y, en segundo lugar, porque todos los ejemplares estaban sobreetiquetados al maldito precio de 17 euros. Precio razonable que no evita que te sientas más gilipollas de lo normal sabiendo que hay afortunados que aún lo encuentran baratico.
La elección de Corazones Rollizos fue desafortunada porque aunque el dibujo y el color hagan el cómic muy apetecible, las historias son flojas, superficiales, y predecibles. El cómic cuenta historias de cinco mujeres ¿gordas? (¿están realmente gordas? ¿qué opináis?) que no se gustan ni una poquita, se rodean de gente que no las valora, y suspiran por hombres que las desprecian. Acerca de la gordura podemos albergar distintas opiniones, lo que no cabe duda es que estas cinco mujeres son muy tontas. Los hombres de Corazones Rollizos tampoco se salvan y son una panda de estúpidos representantes de los clásicos tópicos machistas.
Estas son las cinco chicas “gordas” y sus respectivas historias. Los que pretendáis haceros con el tebeo no sigáis leyendo.

En vikingo quiere, vikingo toma, un par de publicistas van a Islandia para rodar un anuncio y traen con ellos aviesas intenciones mojatorias. Pronto descubren que las atractivas islandesas son chicas difíciles. Pero como en época de guerra todo agujero es trinchera terminan encamaos, para ulterior escarnio, con Ggrururur (o algo así), una gruesa chica islandesa con ortodoncia y sobacos peludos.
En Chica sexy, una chica regordeta se obsesiona con un mozo que la planta por gorda. Ahí debería quedar la historia, ¿verdad?. Pues no. Después de acosar al tipo por la calle, en bares, restaurantes y cines, le provoca un accidente que lo deja escayolado ¿totalmente? ¿Totalmente? ¡No! Sus genitales resisten al invasor. La chica acude varios días al hospital y, como colofón a su venganza, por si el accidente no bastaba, se pone un guante de fregar y le zumba la sardina mientras recita poesía. Cuando él le pregunta si volverá al día siguiente ella le dice que no. Ante todo dignidad.
En Manzana Gorda, la historia más lograda, Manzanita aguanta estoicamente las humillaciones de su mejor amiga, que cada dos por tres le recuerda que está gorda. Pero Manzanita, tras una amistad de veinte años, que ya son ganas, decide mandarla al cuerno e irse a vivir a la Gran Manzana.
En Luigi, un italiano tarado envía misivas de amor a todas las Patricias de Francia, buscando a una concreta que conoció hace años. La hermana de esa tal Patricia, una niña gorda, con una sesera de poco gramaje, que no se parece a su hermana ni en el blanco de los ojos, recibe la carta y acude a Milán hacerse pasar por su hermana en una historia que no tiene ni pies ni cabeza.
En Sandy, Rosemary, una rubia voraz zampadora de pastelitos y golosinas, se acuesta con Nicholas siempre que a éste lo abandona su novia, de nombre Sandy. Rosemary no le gusta a Nicholas, ni se gusta a sí misma y se tortura en el gimnasio para después ponerse como la moñoños de nuevo. Finalmente, Rosemary engendra una hija de Nicholas a la que bautiza como Sandy y encima no se lo dice a él, en un alarde de venganza sin límites.
En fin, qué malas son, qué malas son.
¡Buen día a todos!
Las chicas gordas (I)
- 11 abril //
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Vaya por delante que no tengo nada contra los gordos. Tampoco a favor. Lo mismo me ocurre con los altos y los bajos. Que me dan igual. Más allá del adjetivo no veo la relevancia de ser tal o cual cosa. No creo que los gordos sean más salerosos que los delgados (¡venga ya!), ni que los gafotas sean más listos (¡anda hombre!), ni las rubias más tontas (¡en todo caso las tetonas!). Dudo que las gorduras o flacuras lleven aparejado un caracter alegre o lúgubre. No faltaría otra cosa. O tal vez me equivoco y la señora obesa, uniceja y malhumorada que, bufando como un toro de lidia, me aplastó en el autobús para hacerse con un sitio vacío, me estuviese gastando una divertida broma.
Había leído en la tontosfera una reseña sobre un cómic de gordas. Tenía curiosidad por leerlo. ¿Cómo habría tratado el tema el autor? ¿Estaría lleno de estereotipos? Creía recordar que se llamaba Las chicas gordas. O Las mujeres gordas. De Dolmen o de Dibbuks. Con estos datos era pan comido encontrarlo.
Aparte de no retener correctamente ni un título, soy una pésima buscadora de tebeos. Me muevo como un pato mareado por las estanterías de las tiendas durante horas, como si buscase el Santo Grial en viñetas, incapaz de prestar atención a las minúsculas letras de los lomos de los cómics. Todo esto, por supuesto, sin encontrar una mierda. Cuando transcurre un tiempo prudencial, me dirijo con mucha dignidad y compostura al librero y pregunto algo tan inteligente como:
-Por favor, ¿el último de… Flash?
El librero de turno alza una ceja pensando que soy idiota y responde:
-Ahí, en el montón de Flash. Y señala con el dedo un lugar difuso en la estantería.
Como si no fuera eso lo que llevo buscando tanto rato. Y es entonces cuando empieza el espectáculo.
-¿Aquí? -pregunto ubicándome donde he creído ver que apuntaba su dedo.
-No, más a la izquierda.
-No, más arriba.
-Más abajo.
En fin, que admiro mucho a los comiqueros que se desenvuelven por las tiendas como si hubiesen nacido allí, y encuentran increíbles chollos y números que se creían extinguidos en nuestros días.
Pregunté a mi librero por el comic Las chicas gordas, de Dolmen.
-¿El de Corazones Rollizos, de Glénat?
Por suerte para él y por desgracia para mí, el librero es jovenzano y avispado. Corazones Rollizos, de Glenat. 14 eurazos.
Tras dudar un buen rato entre Todo Paracuellos y Corazones Rollizos, me llevé el cómic de las gordas. Mala elección. Tenía que haber optado por Paracuellos, que de momento ningún niño con ojos saltones y pelo de fraile me ha arrollado en el autobús.
Historias sin sustancia, poco femeninas y contadas por un hombre que cree que es el colmo de la venganza hacerle una paja con un guante de fregar al tío que te ha ignorado. Chicas gordas, cosificadas, despreciadas, acomplejadas, que finalmente se rebelan en finales predecibles y poco creíbles. Da para mucho más, pero ya está bien de rollo por hoy. Mañana más.
¡Buen día a todos!
Esther vs. El club Eltingville
- 5 marzo //
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¿Qué tebeo regalar a una amiga que no lee cómics más allá de los que perpetramos los malavideros?
Pensé que el tomo de Las nuevas aventuras de Esther era una buena opción. Tal vez mi amiga fuera fans de cría. ¿Qué chica no ha leído las románticas desventuras de Esther? ¿Quién no ha soñado con ligarse al desustanciao de Juanito? ¿Quién no ha querido parecerse a la lánguida Esther, con sus perpetuos lagrimones, o casi mejor a la golfa e irritante Rita? ¡Argh!
Ahí estaba yo, esperando pacientemente para pagar, rumiando lo mal que me caía Esther y recordando cómo sus tebeos me cerraron las puertas de la popularidad en el colegio. No fue por mis gafotas rosas de la Pantera Rosa (sigh), el aparato, o mis amplias posaderas. Todo fue culpa de Purita Campos.
En mi clase, hubo un tiempo en el que hacían furor la superpop y los cómics de Esther entre las chicas de tetas pujantes; las mismas que fumaban en el baño ¡con los chicos! y pasaban la tarde de los sábados haciendo algo tan constructivo y emocionante como subir y bajar en los ascensores del cortinglés. Todo esto mientras los pardillos leíamos mortadelos, tintines y asterises, sin comprender aún la complejidad de los consejos sexuales de la superpop. Como no elegimos a nuestra propia familia (ojalá), aún elegimos menos a los amigos de nuestros padres y, por ende, a su progenie. Así, por imposición paterna, pasé muchos largos y tediosos fines de semana en compañía de una de las chicas del ascensor, muy precoz, obsesionada con la dichosa Esther y sus amoríos y que vivía como si fueran propias las historias de Purita Campos. Una chica con una detestable voz nasal que repetía constantemente que “asteguix es paga gríos” para solaz mío. Para críos o no, siempre preferí a Astérix, entre otra cosas, porque el tal Juanito tenía cara de imbécil.

Como prefiero seguir ignorando si mi amiga era fans de Esther o si le gusta subir y bajar en ascensor, dejé en su sitio Las nuevas aventuras de Esther y le compré en su lugar You are here, de Kyle Baker, una historia preciosista y algo ñoña, pero que no me ha cerrado aún las puertas de nada.
También me llevé para disfrute personal El club Eltingville, de Evan Dorkin (Ed. La Cúpula), que cuenta las aventuras de cuatro frikis aficionados a los cómics, la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Unos chalados que tan pronto queman el Toysarás, como se tragan un maratón de 36 horas de La dimensión desconocida. Mucho mejor que hacer el gilipollas en los ascensores, dónde vamos a parar.
¡Buen día a todos!
Adiós amigo, adiós Chunky Rice
- 30 enero //
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Igual que se escapan las monedas por los bolsillos de la ropa vieja, acabamos perdiendo a algunas personas que una vez llamamos amigos. Amigos sin cuya compañía no podíamos concebir nuestra cotidianidad y junto a los que pretendíamos caminar siempre, siguiendo la misma senda. Pero siempre es mucho tiempo, la senda no es precisamente corta y en cada bifurcación, nos vamos separando más y más de aquellos que nos acompañaban. Los cafés, antaño eternos, se hacen cada vez más breves e incómodos, las conversaciones se vuelven insulsas y las llamadas se espacian hasta desaparecer. Sin dramas o con ellos. Una tarde, actualizando la agenda, encontramos anotados números de teléfono y fechas de cumpleaños de antiguos amigos, y nos preguntamos qué habrá sido de fulano o mengano, si seguirán teniendo esos números, si quedaría raro llamarlos ahora, y, por si acaso, volvemos a copiar sus números en la nueva agenda. Hasta que un año dejas de hacerlo.
Adiós Chunky Rice trata precisamente de eso, de amigos que deben separarse para encontrar su propio camino. Craig Thompson nos habla de una amistad sin tiranías, sin reproches, sin exigencias y también de relaciones imposibles e impuestas, que distan mucho de la amistad. Grandes amigos que abren la mano para que otros encuentre su destino, aunque sea lejos, en las Islas Pontinas, a sabiendas de que lo que creímos irrompible es casi siempre tan frágil como un castillo de arena.
-Pero no quiero dejarte atrás, quiero llevarte conmigo. ¡Escápate conmigo!
-No puedo. Este es mi sitio. Debes encontrar tu sitio.
A veces es inevitable ya no perder amigos sino dejarlos escapar, y tal vez encontrarlos en una de esas caprichosas bifurcaciones de la vida. “No existe el adiós, Chunky Rice”.

¡Buen día a todos!
Póngame otro de lo mismo, Señor Rubín
- 22 enero //
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Los parroquianos de La tetería del oso malayo me observaban expectantes, con una historia asomando por los ojos. -¿Nos compras o qué?- parecían preguntar desde la portada del tebeo. Qué buena pinta tenía aquel cómic. Hasta me pareció que el oso malayo, con su media sonrisa, me había guiñado un ojo. Cuando miré el precio pensé que el oso bonachón, no sólo debería guiñarme el ojo, sino hacerme un estriptís. Por lo menos. Bueno, en realidad pensé: ¡virgensanta qué pobre soy! ¡ya están los de Astiberri hundiéndome la moral! No estaba la cosa para tales dispendios y, muy a mi pesar, devolví el tomo a su sitio, deseando que terminase pronto el infierno navideño para dejar de invertir panoja en hacer felicérrimos a otros con objetos que me importan una mierda.

Sin embargo, no iba a librarme tan fácilmente del oso y su panda. El azar y alguien que me quiere bien, hicieron que “La Tetería del Oso Malayo”, de David Rubín llegase a casa en forma de regalo navideño. La tradición obliga a repartir los regalos, alabar el gusto del comprador, agradecer el detalle y conversar largo rato, mirando de reojo el regalo, bien por birria, bien por acierto. Yo me salté la parte de alabanzas, agradecimientos y ulterior conversación y me leí el cómic en el acto, casi sin respirar. Después de aquella primera lectura, me he cuidado mucho de volver a acercarme a la tetería hasta hoy, porque Sigfrido, Daumier Correvuela, Adam Kent y el resto de parroquianos tienen la virtud de conmoverme y hacerme verter, ya no una lágrima, sino mares.
David Rubín esculpe sus historias a hachazos con un trazo furioso y visceral y las cuenta a base de diálogos certeros y desgarradores silencios. No utiliza recursos fáciles para provocar el llanto o la risa y pone todas las cartas sobre la mesa huyendo de la falsa moralina y la subjetividad. No hay ni ganadores ni perdedores en las batallas cotidianas, porque cuando algo termina, todas las partes pierden un poco. La tetería es un cómic sobre oportunidades. Oportunidades que todos tenemos para empezar de nuevo, para arrepentirnos, para superar lo perdido, para seguir adelante, y para aprender a dejar atrás la porcelana rota. Porque la porcelana, como bien dice Rubín, tarde o temprano, termina por romperse. Y además, sólo es porcelana.
Maldito, David Rubín, que se arranca los cómics de las entrañas y los pone sobre el papel.
Defecalificación: ![]()
Viernes Slobodjianos: Una señora en mi entrepierna
- 24 noviembre //
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Otro viernes con Aaron Slobodj.
Señor con una mujer en su entrepierna + "Aquél día todo parecía salirle mal: primero la llave se quedó atascada en la puerta; después el coche se negó a arrancar; más tarde le picó una especie de escarabajo; y ahora, además aquel contratiempo."
¡Menuda contrariedad! ¡Otra señora en su entrepierna! Ya le había pasado antes, ir caminando por la calle y, de repente, verse en semejante tesitura. El magnetismo animal de Oswald no constituía ninguna ventaja sino que le proporcionaba muchos sinsabores. Por regla general, se le enganchaban mujeres regordetas y bigotudas a las que debía llevar a casa en volandas. Una vez, en una feria agropecuaria, se le pegó un ganadero de Torralba de Ribota, rudo y soez, que tuvo a bien partirle la cara al confundirle con un pervertido.
Pero esta vez el destino había querido que Oswald tropezase con una señorita de largas piernas que no oprimía sus genitales ni olía a vieja rancia. ¿Habría encontrado el verdadero amor? ¿Qué opinaría Myra de todo esto?
¡Buen fin de semana!
Viernes Slobodjianos: La venganza de Graham
- 17 noviembre //
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El viernes pasado hablé de este ¿cómic? de José Carlos Fernandes. Vaya por delante que soy una gran admiradora de su trabajo, máxime ahora que he descubierto la jugona utilidad de "La última obra maestra de Aaron Slobodj". Aprovechando la interactividad de este libro y que los viernes son días en los que apetece trabajar más bien poco, dejo esta entrada en manos del azar.
Resultado: Tío dinamitando + "Graham nunca le perdonará el no haberle invitado a su boda"
-¡Desde luego que no le voy a perdonar!- pensó Graham- mientras volaba la iglesia con Oswald y toda su parentela dentro.
Y es que Graham había hecho la promesa a la Virgen de Castellote de no bañarse en seis meses si ésta le procuraba una buena moza. Habían pasado cuatro meses y la Virgen, a pesar de su fama de milagrera, aún no le había procurado nada. Pero Graham no perdía la esperanza, tales eran su devoción y su poca afición al aseo.
Y en estas, el primo Oswald se casa y, ¡no le invita a la boda! argumentando que huele mal. Ser el porcero de Las Parras de Castellote en verdad no es que ayudara mucho, más bien al contrario. Pero nunca se hubiera esperado esto de Oswald. ¿Acaso el muy descreído pretendía que rompiese una promesa hecha a los más altos poderes? ¡Jamás!
No quedaba otro remedio que reventar la ceremonia, en el sentido más literal del término. ¡Así se pensarían dos veces el invitarle la próxima vez! Todo fuera por mantener Las Parras de Castellote a salvo de incómodas rencillas familiares.
Y así, incontables lecturas, ¿cuál es la vuestra? ¡Buen día a todos!